
La primera vez que fui a Costa Rica, fui con unas amigas mías (seis para ser exacto). Aterrizamos en Liberia al aeropuerto y tomamos un autobús para Tamarindo, donde los padres de mi amiga tienen una casa. Fuimos solo por una semana durante la primavera, la semana más calorosa en todo el año. Solo habíamos estado allí dos días cuando dos de mis amigas y yo tuvimos la excelente idea de alquilar un coche y conducir a donde quisiéramos. No teníamos ni plan ni idea de lo que íbamos a hacer, pero teníamos el coche, un mapa, algo de comida, y un espíritu fuerte de aventura. Al principio, conducíamos mientras escuchábamos y cantábamos canciones ridículas en español que estaban en el radio e hacíamos unas fotos del océano y de la selva tropical. Parábamos para hacer una foto de un lago bonito o para entrar en una tienda al lado de la calle si teníamos hambre o si nos parecía interesante.

El primer día, fuimos al volcán de Arenal que era muy impresionante! ¡Fue la primera vez que yo había visto un volcán en mi vida! Paramos para echar un vistazo en el área turística alrededor del volcán. Decidimos que sería divertido hacer el giro de la cubierta forestal. Al inicio, tuve un poco de miedo y mi amiga Sarah fue primero. Tenía mi cámara y tomé un vídeo de su primera vez en la tirolina (una línea muy alta en la selva tropical en la que se tira desde un lado hasta el otro). Todos tuvimos miedo menos yo porque a mi me gustan las alturas. Mi amiga Sarah fue primera y enseguida, ¡empezó a gritar! Pero todo era muy divertido y disfrutamos mucho el ambiente, la vista, y además, las personas que trabajaban allí. El día fue exitoso.
Seguimos nuestro camino a una ciudad donde pudiéramos pasar la noche. Nos encontramos en San Ramón. San Ramón no es una ciudad en la que quieres estar después de la caída del sol. De verdad, buscamos un restaurante para comer y después, conducíamos para buscar un hotel pero en realidad, todos eran muy caros. Por eso, y debido a la atmósfera de la ciudad (que nos dio un poco de miedo), decidimos seguir conduciendo para encontrar algo más barato y seguro. Después de una hora de tráfico (¡a las 10 por la noche no más!) vimos un hotel pequeñito al lado de la calle. Paramos, pagamos y dormimos.

El próximo día, nos levantamos temprano para conducir a Manuel Antonio y relajarnos en la playa. Había mucha gente allí, tomando el sol y jugando en el agua. Mis amigas fueron a nadar en el océano y yo estaba sentada en la playa. Había un tico (un hombre costarricense) que se sentó y empezó a hablar conmigo. Al principio, no me pareció tan mal, pero después de hablar con él por unos minutos, no quise hablar con él más sola y sin mis amigas porque me estaba preguntando dónde nos quedábamos en Tamarindo y como él iba a ir a Tamarindo el próximo día y que debíamos reunirnos allí… Eso no era lo que yo quería. En realidad, el hombre me hizo sentir muy incómoda y por eso, ¡intenté irme de la playa tan pronto como posible! Después, encontramos un restaurante al otro lado de la calle de la playa donde pudimos mirar la puesta del sol. Ya que era "la hora feliz," compramos bebidas y fuimos a la playa para mirar la puesta del sol. Los colores eran increíbles y quedamos allá, solo mirando y apreciando la belleza de la puesta del sol encima del agua. Bien considerado, el segundo día de nuestro viaje fue un poco más relajado. Tuvimos tiempo para mirar la ciudad y para visitar unas tiendas y hacer cosas turísticas.

Esta vez, solo estábamos en Costa Rica por una semana y por eso, el tercer día, regresamos a Tamarindo. Primero, paramos en un puerto porque pensamos que sería emocionante tomar el ferry para cruzar la península. No tuvimos ni idea de cómo haríamos esto y después de esperar en el puerto por una hora o más, decidimos que no valía la pena porque habría tantas cosas que podrían pasar mal con el coche y cuánto costaría y dónde pararíamos al otro lado.
Al final, conducíamos del sur al norte para regresar a nuestra casita y reunirnos con nuestras otras amigas que se quedaron en Tamarindo. Todo el mundo estaba muy feliz de nuestro regreso y por el resto del viaje, les contamos a nuestras amigas cuentos del viaje y les mostramos fotos. Aunque fue la primera vez que había tenido un viaje así, me di cuenta de que a veces los viajes no planeados son los más divertidos de todos. Teníamos que averiguar qué hacer en situaciones nuevas y aunque no supiéramos todo el tiempo qué hacer, no hubo ninguno problema muy grande. Así que no fue una idea tan ridícula hacer una viaje cuando no teníamos ni plan ni ningún conocimiento del resto del país. Podíamos resolver cualquier problema que encontramos y navegar por un país desconocido.
Además, fue una experiencia muy divertida porque todo el tiempo, teníamos que averiguar donde estábamos, y cómo conducir a los diferentes lugares, que es más difícil que se pensaría porque muchas veces, no hay señales para decir donde estás y a dónde ir. En los pueblecitos también, tuvimos muchas buenas interacciones con la gente allí que siempre nos ayudaba con las direcciones y que era muy simpática. Además de ser un país hermoso, Costa Rica tiene un montón de lugares para visitar, y la gente es la más amable que yo había conocido en cualquier viaje y nos impactó muchísimo cuando necesitábamos direcciones y sugerencias de lo que debíamos hacer. Después de este viaje, entendí la verdad que es la frase, “Pura Vida,” un lema costarricense para describir todo allí – la vida, la atmósfera, la gente, y el sentimiento del país.
